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... comienza la música. Después de todo poesía es música dicha con palabras.

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viernes, febrero 12, 2010

Las Gemelas

Las Gemelas
Estela M. Escudero

Cuando Maia lo miró, Birjat supo que nunca nadie lo había contemplado así. No pudo precisar en qué radicaba la diferencia pues no era algo que pudiese plasmar con palabras o esbozar con un pincel, era un intangible que trasmitían los ojos de ella y que le provocó una repentina falta de aire. Y acaso fuera ésa sensación de gozoso vacío lo que lo impulsó a caminar hacia ella y presentarse. Le dijo su nombre al tiempo que con una reverencia se quitaba el sombrero, y ella, por detrás del matorral de hortensias, le respondió con una sonrisa. Fue la primera de muchas tardes en las que el rito de saludarse a través de la tapia les ocupó los momentos previos a la puesta del sol, y como era primavera, con el correr de los días esos instantes se hicieron cada vez más prolongados. Hasta que un día, ella lo invitó a trasponer la verja para caminar juntos por el jardín sin otro objeto que mostrarle las diamelas que crecían al costado de la casa. Birjat, hubo de reconocer que poder contemplar a Maia moviéndose entre los canteros con su largo saco de lana y esas pantuflas de piel de cordero no hicieron sino enamorarlo más de lo que ya estaba.
El verano sofocó el parque, el calor del sol los obligó a buscar el frescor de la galería trasera y, en aquel lugar, al reparo de las miradas indiscretas, ella aceptó quitarse los mitones para poder conversar tomados de la mano. Él era feliz durante esos instantes en los que podía sentir el pulso de Maia palpitando entre sus dedos. Cada cosa que ella le contaba se reflejaba allí, ora bombeando agitado, ora aquietándose hasta tornarse imperceptible. A Birjat se le hizo fácil entonces comprender la soledad de la que ella le hablaba. Esa imagen de vida yerma que a veces asomaba en Maia y que le cuarteaba la mirada tal como la sequía parte la tierra y le roba brillo.
Sin embargo, y cada vez con mayor frecuencia, los ojos de Maia resplandecían. Ya no deambulaba por la casa deshilvanando una madeja de lana roja para saber cómo regresar a su cuarto ni tampoco desfondaba macetas buscando la llave que abriese la puerta de salida; ahora, engalanada, esperaba a que su hermana Delia regresara del trabajo para mostrarle con orgullo la cena dispuesta en el comedor grande. Pero su hermana se negaba a entrar allí, desde que sus padres murieran ésa sala permanecía cerrada, con los muebles cubiertos con sábanas y los retratos de la familia alineados sobre la chimenea. Delia terminaba acarreando los platos a la cocina para comer sobre la mesa de amasar el pan. Con ansiedad, Maia intentaba llevar la conversación hacia las flores y el jardín para poder mencionar a Birjat, pero Delia nunca conversaba, ella hablaba poco, usaba monosílabos para responder a las preguntas de Maia y las raras ocasiones en las que se extendía era cuando algo parecía fastidiarla al punto de iniciar una retahíla de condenas. Maia apenas comprendía el significado de las palabras que Delia pronunciaba con musicalidad opaca y entrecortada pero percibía claramente el latido caliente de las frases que rezumaban igual que una llaga abierta. El miedo se apoderaba de Maia y entonces, temblorosa, remontaba la hebra de lana que la conducía a la seguridad de su cuarto.
Cierta tarde, y mientras evocaba para Birjat los vocablos vertidos por Delia la noche anterior, él tomó nota de todos ellos y luego se ocupó en reacomodarlos: apartó las silabas, desmembró diptongos, colocó acentos, unió o distanció letras e introdujo comas, hasta que finalmente la frase ominosa se convirtió en otra, de armonía suave, que elogiaba el color de los ojos de Maia. Ella miró el poema: Birjat había creado, usando ramas secas, maleza y flores deslucidas, el búcaro delicado que ahora perfumaba su mano.
Esa noche Maia le contó a su hermana sobre Birjat. La ira de Delia lo llenó todo, cada rincón de la sala se estremecía al influjo de ésa furia que no se detuvo ni aun ante los ojos aterrados de Maia. Cuando finalmente Delia le gritó “Nunca podrás abandonarme ni dejar esta casa: ¡Estás muerta! Tu no existes… y él tampoco”, el corazón de Maia se contrajo y con un quejido de dolor huyó a su cuarto. Permaneció encerrada casi una semana; sabía que Birjat la habría esperado en vano pero era incapaz de moverse. Con el correr de los días una debilidad profunda le invadió y casi tuvo que arrastrarse para llegar hasta la galería de la casa. El sol esquivo del otoño entibiaba las baldosas y la hojarasca del jardín se movía con la brisa, las hortensias se habían marchitado.
Birjat la encontró allí y no hizo falta que ella le pidiese ayuda, tomándola de la mano la condujo hacia la sala. En ése lugar y junto a la chimenea estaba la maceta, la grande de barro oscuro; Maia escarbó en ella hasta que sus manos tuvieron el mismo color pardo de la tierra y no se detuvo hasta desenterrar la caja: ésa era llave que siempre había buscado. La sostenía aún entre sus manos cuando Birjat, tomándola del brazo le susurró: “Voy a liberarte, ven conmigo” y juntos buscaron la salida.
Y esa noche, cuando Delia regresó, y al no encontrar a su hermana, corrió hacia la sala: bajo el retrato de ambas —ése que mostraba a las gemelas una al lado de la otra, idéntico vestido, similar peinado, tan iguales que hasta sus padres las confundía— la urna con las cenizas de Maia estaba volcada sobre el piso, un hilo de aire había dispersado todo el polvo empujándolo bajo la puerta que daba al jardín y, junto a la maceta rota, una esquela blanca tenía escrito un poema sobre el color de los ojos de Maia.


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