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... comienza la música. Después de todo poesía es música dicha con palabras.

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Nombre: E de K
Ubicación: ciudad de Buenos Aires, Argentina

viernes, febrero 12, 2010

La casa vacia o recuerdos de la infancia

La casa vacía

Hoy, después de largo tiempo, al fin vendimos la casa.
Ha estado deshabitada muchos años. Hubiésemos podido alquilarla pero nunca tomamos la decisión, y tal vez fue nuestra manera de imaginar que, como dijo el poeta: todo permanecería como fue entonces.
Sin embargo nada subsiste intacto y al recorrer la casa vacía no hallo mucho de mi infancia. ¿Son los objetos o son las personas las que amarran los recuerdos? Acaso sea un poco de ambas y la magia resida en encontrar las huellas entre esos dos universos. Pero yo sé donde buscar ese rastro, lo aprendí de mi madre y de su gusto por las fotografías.
Por ello, de pie en el pasillo trato de evocarlas; de que vuelvan a mí las poses estáticas y los paisajes en escala de grises. Tengo que poder reconstruir el rompecabezas de aureolas que hay en la pared. Allí un ovalo, allá un cuadrado y la compleja armonía de marcos dorados y madera tallada.
A pesar del esfuerzo no alcanzo recordar las fotos que adornaron el corredor de la casa. Con los ojos de la mente puedo ver la pared tal cual fue por más de 30 años. De repente, junto a esa imagen, la casa toda vuelve a arroparse en muebles: el sofá con almohadones, las carpetas tejidas al croché en los apoyabrazos, a sus pies la alfombra y en el recibidor un dressoir oscuro con espejo y perchas de bronce para colgar el sombrero. Sobre las baldosas recién lavadas del patio brilla el sol de la media tarde y la parra se cubre de hojas; de la cocina me llega el aroma a te con leche; y me veo descender la escalera y pasar frente a los retratos con aire distraído.
Apurada por no soltar el pasado me obligo a detenerme y a mirarlos.
Y en ese instante vi. Pude ver con nitidez cada una de las fotos.
Y vi aun más: contemplé a mi madre descolgando los cuadros del pasillo el día que dejó la casa. Ella los bajaba y antes de guardarlos limpiaba el vidrio con una franela, y había algo tierno y amoroso en el movimiento lento; regresó a mi el pensamiento con la misma intensidad que ese día mientras la observaba desde la escalera: mamá acariciaba el rostro y el pelo de aquellos que ella quería; eran sus afectos —jóvenes o viejos, vivos o muertos, próximos o lejanos—, eran parte de ella. Y se los llevó con ella, para siempre.
¿Dónde habrán ido esas fotos? Nunca volví a verlas. Quizá, por algún giro pragmático de la vida, la caja de retratos se haya extraviado y ahora, los marcos descansen en un refinado anticuario, de esos que visito de tanto en tanto cada vez que decido agregar un retrato en la pared de la sala de mi casa y busco el contorno adecuado. Porque yo también tengo ese lugar donde el pasado cuelga congelado en el tiempo, eternamente niño, inmortal y sonriente.
Allí coloqué cada tramo de mi vida para que no se me olvide, o quizá para recordar lo que debo llevar conmigo. Como esa foto con mi padre: mi rostro reposa sobre su hombro, mi mano en su mano, estamos bailando. El momento siempre será mío. Y me acompañará, donde quiera que vaya.

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