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martes, abril 08, 2008

Entre Dones e Inexorables


Este cuento fue seleccionado por Editorial De Los Cuatro Vientos y forma parte de la Antología "El Decir Textual 2008"


Entre Dones e Inexorables Estela M. Escudero


Últimamente estas reuniones han perdido brillo. Y quizá se trate de una percepción personal puesto que los encuentros respetan su ritual y poco y nada ha cambiado desde el instante mismo de la Creación. Ocurre que no es fácil ser un Don en los tiempos actuales. Menos aún cuando todo lo miro con ojos de estima lastimada al no poder compartir sinsabores con mis pares. Es que ellos han logrado avanzar por los atajos de la vanguardia, y a mí, Poesía, el lugar me incomoda; me siento perdida, tan desdibujada como acuarela que bebió agua de más; y por añorar intensidad suspiro por el pasado.
En ese entonces los hombres se regodeaban al encontrarnos agazapados en su interior. Saltábamos del corazón a la mente, a los pies, a la voz o adonde sea que un Don deba expresarse. Eran épocas gloriosas, de parsimonia creativa: los Dones necesitamos de lentitud y calma para ascender hacia la perfección. De aquellos días conservo mis mejores galas: épica con Homero, grandilocuente con Schiller y gentil hidalgo de la mano de Cervantes. Cuando nos congregábamos a enumerar logros las voces relataban de a perfectos intervalos: Danza era la primera; enseguida Arte subía al escenario, arrastraba colores entre sus pies y por largo rato nos deleitaba; luego llegaba el turno de Canto –tan ligada a mí que muchas veces contábamos juntas—, y así se iban las horas y la velada debía ser prolongada por lo que nadie giraba el reloj de arena y Tiempo —el más antiguo de los inexorables—, se detenía. En ese instante los otros Inexorables alzaban sus voces para reclamar la ocasión de intervenir. ¿Pero quien deseaba oír a Pena, a Enfermedad o a Muerte? Solamente Lágrimasyrisas capturaba mi atención, quizá por esa ambivalencia que la hace especial.
Con todo, y más allá de nuestras diferencias, Inexorables y Dones compartimos un propósito: acompañar la travesía de los hombres. Que no es tarea menor y tiene sus reglas. La más importante impone a los Dones elegir a quien se le otorga una gracia; de allí en más hemos de alentarlo y ser su guía hasta el instante que algún Inexorable se presente. La aparición de ellos —por línea general— nos obliga a emigrar ya que no esta bien visto insistir, ni tener preferencias por el humano y menos aun confrontar con los Inexorables. Pero hubo excepciones; la de mayor repercusión fue la de aquél compositor alemán, Ludwig; no bien Enfermedad lo tomó, Música debió haberse retirado; pero no lo hizo y fue claro para todos que ella se había prendado de él; lo rondaba siempre, dormido o despierto lo velaba y pasaba largas temporadas tendida sobre el teclado sólo para sentir sus manos.
Sobrevino una gran disputa; Inexorables ofuscados blandían el reglamento; pero Música —como si la dolencia de su protegido se le hubiese hecho carne— no parecía oírlos y sólo decía: él puede hacerlo. Fue un desafío descomunal en el cual todos quedamos involucrados; por ello, el día que Ludwig estrenó su sinfonía nadie faltó al teatro; lo recuerdo bien: algunos se movían por lo alto para probar la acústica en los rincones lejanos; otros, menos arriesgados, se acomodaron junto al coro; y hasta hubo uno que se acuclilló al costado del arpa. Cuando se extinguió el sonido de la última frase musical y mientras el acorde final aun vibraba, los Dones contemplamos a Música en completo silencio: muchos de nosotros nos habíamos reconocido en la obra y tal prodigio lograba hechizarnos. Enfermedad, con un ademán teatral poco frecuente en ella, se quitó las redes que la cubrían y las colocó a los pies de Música. El gesto lo dijo todo. De allí en más el reglamento se flexibilizó, en verdad no hicimos sino prepararnos para los cambios que habrían de alcanzarnos. Porque los hombres, poco a poco, comenzaron a ignorarnos. Con dolor comprendimos que las imposturas humanas creaban realidades que no parecían necesitarnos. De mi se dijo que era cursi. Yo —que supe ser la voz del amor platónico y del no tanto, la luz de los ojos de azúcar quemado, el preludio musical para amantes debutantes o el ansiado rey de las islas de las rosas fragantes— recibía el calificativo feroz y humillante. En un acto de solidaridad conmovedor, Canto y Melodía enviaron una sanción: la atonalidad. Lo curioso fue que los hombres creyeron ver en el castigo un signo de evolución y de allí en más han insistido con esos acordes que nadie puede tararear. La decadencia se profundizó, se extendió a otras esferas y para colmo de males los hombres abrazaron la velocidad como sinónimo de eficiencia. Meditación y yo, ambas muy afectadas, preparamos abundante material sobre la rapidez y sus nefastas consecuencias en el espíritu humano. El trabajo de ella ha sido mejor valorado puesto que, con su sesgo filosófico, encontró un reducto de pensadores fieles; en cambio el mío –y por esa tendencia a las metáforas— fue rápidamente descalificado. Sentí entonces que mi instante había pasado, preferí no dar explicaciones y por un tiempo sólo anidé en la privacidad de cuadernos secretos. Muchos otros también fueron replegándose, sólo a los Inexorables les aumentó el trabajo. El resultado final fue un periodo oscuro y trágico. Nos vimos en la necesidad de crear nuevos dones; los Inexorables hicieron lo propio y así fue que Muerte ascendió a Guerraybatallas.
Y ésa Inexorable desajustó la balanza.
Desde hacía tiempo ella aspiraba al cargo. Llevaba un registro con nombres descollantes: púnicas, religiosas, del campo de los mirlos o de los cien años; pero fue con Verdun que logró el ascenso anteriormente negado y provocó una reunión urgente de todos los Dones; no es que quisiésemos confrontar con ella, pero entendimos que era nuestro deber impedirle hacer estragos; por ello, Supervivencia y Piedad se convirtieron en pares, también otros aspirantes se graduaron sin el protocolo habitual. Aún así no alcanzó, quedó demostrado cuando Dresden fue bombardeada. Debo reconocer que ése día, todos por igual, Dones e Inexorables, hicimos un alto y nos refugiamos en la quietud para curarnos. Tiempo —y por que él sabe lo que otros ignoran— alzó la voz al señalar: En verdad os digo que aun será peor. Y no es momento éste, para dejarlos abandonados.
A partir de entonces los Dones hemos proliferado. Hay algunos con rasgos curiosos, tal como Tolerancia, otros con funciones sociales, es el caso de Solidaridad. Sin duda, su cometido es útil y sus intenciones loables, pero las reuniones con ellas llevando la voz cantante, ya no son lo que eran. No hay Nijinskys ni Buonarotis y a pesar de las mejoras que Canto obtuvo con las ballenas y del lucimiento de Danza con la suricata blanca, yo extraño el lirismo de antes.
Descubrí que no era la única en sentir así: Muerte comparte la misma nostalgia. Ambas profundizamos nuestra amistad sin importarnos que los demás no lo comprendan; es que la dama tiene un costado sensible poco conocido y una tendencia al romanticismo muy sugestiva. Tal vez por ése motivo, al terminar la reunión de ayer, ella me advirtió: Mañana iré por él.
Y hoy estoy aquí, en la habitación de mi poeta.
No es el mejor ni será el último, pero sí el que más estimo. Y cabe suponer que ha sido su devoción a mí lo que me hizo preferirlo por sobre los demás. Desde su infancia todo lo transformó para ajustarlo a mis códigos, aún sus mínimas vivencias; y al llegar los deseos que no tienen nombre buscó mi ayuda para expresarlos. Le di rimas de papel, rimas de aire, rimas de almohada cuando conoció a Ann, su bienamada. Y llevamos una vida feliz los tres hasta que, hace ya dos años, ella murió. Desde ese día él no ha querido recibirme, rechazó cada intento por aproximarme. Me limité a venir de tanto en tanto para hacerle compañía sabiendo que él me presentía, con eso me contentaba.
Ahora lo veo caminar cabizbajo y detenerse a observar el ocaso. Hay pena en sus ojos y una luz extraña: él también sabe. Entonces me apresuro —nos queda poco tiempo— y tiño de ámbar el cielo y perfumo el aire, luego me acurruco entre las hojas en blanco. Y él viene hacia el escritorio, destapa el tintero y coloca la pluma en la lapicera. Después de tantos meses nuevamente el poeta me cobija; otra vez los colores son sólo los que ven los humanos —voy a extrañar sus ojos, pienso— y él mueve la mano.
Es dorada la aureola que te enmarca.
De plata la bruma que te vela.
Es áspera la piedra en que me siento.
Y de seda la hierba que bordea.

La brisa del atardecer abre la ventana; elevo la vista: Muerte ha llegado. Se demora en el balcón acomodando los pliegues de su capa de musgo. Los versos se alargan:
... Tan sólo es una la rosa que acompaña
Tu larga noche, mi desierto beso.
Todas las flores se secan con el frío.
Las quema el sol o las dispersa el viento.

Muerte está dentro del cuarto. En el rastro de sus pisadas unos gusanos transparentes brillan, y mientras ella avanza lentamente hacia el escritorio, larvas y babosas brotan por debajo de su ropa; algunas se quedan en la alfombra, otras trepan por los cortinados. Las estrofas rezan:
... Y es tibia la tarde en la que aguardo
De los tiempos su mayor misterio.
Y callada la hora en que mi alma
Alza los ojos y le ruega al cielo...

Él se ha detenido; con la pluma en alto su mirada asciende; Muerte está a su espalda. Me aparto y para mi sorpresa veo que ella le toma la mano y juntos escriben, luego, la lapicera cae al suelo.
Intrigada, me inclino y leo.
Que olvide las citas que nada reserve
Y en un prado verde, más allá del mar,
Junto a ti me lleve, mi adorada Ann.”

Muerte me observa.
— ¿Vas a criticar la rima?
—Dadas las circunstancias, no me atrevería —respondo y la veo sonreír mientras cubre el alma del poeta con su manto. Yo recojo la pluma, la agrego a mi sombrero, y ya en la ventana aguardamos la siguiente ráfaga para marchamos con ella.
Sobre el escritorio, el tintero queda abierto.

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